24 DE MARZO: SIN RELATO Y MEMORIA COMPLETA.

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El Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia fue concebido como un espacio de reflexión sobre uno de los períodos más oscuros de la Argentina: la dictadura militar iniciada en 1976, con su saldo de desapariciones, violaciones a los derechos humanos y ruptura del orden institucional.

Ese consenso básico —la condena al terrorismo de Estado— es hoy indiscutido en términos institucionales. Sin embargo, el problema aparece cuando la memoria deja de ser un ejercicio integral y se transforma en una herramienta política selectiva.

Durante años, distintos sectores vinculados al kirchnerismo y a la izquierda han consolidado una apropiación simbólica de la fecha, instalando una lectura donde el foco exclusivo está puesto en los crímenes de la dictadura, pero omitiendo deliberadamente el contexto previo de violencia política, accionar de organizaciones armadas y deterioro institucional que también formaron parte de esa etapa histórica.

Esa omisión no es menor. Cuando la memoria se construye sobre una verdad parcial, deja de ser memoria completa para convertirse en relato. Y cuando el relato reemplaza a la historia, el resultado es una sociedad que recuerda de manera fragmentada.

La consecuencia es doble: por un lado, se consolida una grieta incluso en torno a hechos que deberían unir; por otro, se debilita la posibilidad de aprender de los errores del pasado en toda su dimensión.

Una memoria madura no relativiza los crímenes de la dictadura, pero tampoco niega el contexto en el que esos hechos ocurrieron. La democracia se fortalece cuando puede mirar su historia sin omisiones, sin manipulaciones y sin apropiaciones sectoriales.

A casi 50 años del golpe, el desafío sigue siendo el mismo: construir una memoria completa, incómoda si es necesario, pero honesta. Porque la verdad a medias no ordena el pasado, y mucho menos ayuda a construir el futuro.