CHIQUI TAPIA Y EL CLÁSICO SIN PANTALLA: POR QUÉ LA AFA TODAVÍA NO PUDO VENDER LA TRANSMISIÓN
Que un clásico del fútbol argentino llegue a la previa sin derechos de transmisión vendidos no es casual ni anecdótico. Es el síntoma de un problema más profundo: el deterioro del negocio del fútbol local, incluso para la AFA que conduce Claudio “Chiqui” Tapia.
El primer factor es económico. El precio que la AFA pretende por el clásico no encuentra hoy compradores dispuestos a convalidarlo. Las señales tradicionales, las plataformas digitales y los nuevos actores del streaming analizan costos, retorno publicitario y contexto macroeconómico. Y el balance no cierra fácilmente.
A diferencia de otros momentos, el fútbol argentino ya no es un producto premium garantizado. La pérdida de poder adquisitivo, la fragmentación de audiencias y la saturación de ofertas deportivas obligan a los compradores a ser más cautelosos. El clásico sigue siendo atractivo, pero no a cualquier precio.
El segundo factor es político-institucional. Tapia concentra poder dentro de la AFA, pero no controla el mercado. La relación con el Gobierno nacional, el debate sobre las sociedades anónimas deportivas y el clima de desconfianza regulatoria impactan indirectamente en las negociaciones. Nadie quiere firmar contratos millonarios en un escenario de reglas poco claras.
Además, pesa la falta de una estrategia moderna y unificada de comercialización. El fútbol argentino sigue discutiendo derechos evento por evento, sin una lógica integral de largo plazo que seduzca a inversores globales. Mientras otras ligas venden paquetes claros y previsibles, la AFA negocia desde la urgencia.
También hay un límite estructural: Tapia no puede imponer condiciones fuera de la AFA. Puede ordenar internamente, pero no forzar a empresas privadas a pagar cifras que el mercado no valida. Ese es el dato que el relato épico suele esconder.
En este contexto, el clásico se transforma en una prueba incómoda: muestra que el poder dirigencial no siempre se traduce en poder económico, y que el modelo actual del fútbol argentino empieza a mostrar señales de agotamiento.
Más que un escándalo, el episodio es una advertencia. Sin previsibilidad, sin reglas claras y sin un proyecto comercial serio, ni siquiera el partido más convocante garantiza negocio.
