DEL EMPLEO PÚBLICO A LA MILITANCIA RENTADA: POR QUÉ EL AJUSTE EN EL ESTADO REABRE UN DEBATE DE FONDO.
El relevamiento sobre los organismos que más cargos recortaron desde el inicio del actual gobierno no solo expone números. Deja al descubierto una lógica que se consolidó durante años: la utilización del Estado como refugio laboral para militancia política, bajo la forma de contratos, asesorías, cargos administrativos y estructuras paralelas.
En muchos casos, el crecimiento del empleo público no respondió a una mejora en los servicios ni a nuevas funciones esenciales, sino a la necesidad de sostener aparatos políticos, especialmente en organismos descentralizados, áreas de comunicación, programas sociales y dependencias con escaso control de resultados.
CUANDO EL ESTADO SE CONVIERTE EN BOTÍN
La nota original muestra que gran parte de los recortes se concentraron en organismos que habían inflado su plantilla en los últimos años. Ese dato refuerza una crítica histórica: el Estado dejó de ser una herramienta de gestión para convertirse, en muchos casos, en un botín electoral permanente.
La militancia rentada no solo distorsiona el gasto público, sino que degrada la función estatal. Genera estructuras sobredimensionadas, baja productividad y una cultura donde el mérito y la idoneidad quedan relegados frente a la pertenencia política.
QUÉ HACEN OTROS PAÍSES
Las experiencias internacionales muestran un patrón claro.
En países con administraciones públicas eficientes —como Canadá, Australia, Nueva Zelanda o varios países europeos— el empleo estatal cumple tres reglas básicas:
- Ingreso por mérito, con concursos y carrera administrativa.
- Plantillas acotadas, enfocadas en funciones esenciales.
- Separación estricta entre política y administración, donde los cambios de gobierno no implican colonizar el Estado con militantes.
Incluso en Estados con fuerte presencia pública, el empleo estatal no funciona como bolsa de trabajo partidaria. Los cargos políticos son limitados y claramente diferenciados del personal técnico y profesional.
EL COSTO DE NO HACER NADA
Cuando el empleo público se usa como herramienta de militancia, el costo no es solo fiscal. También es institucional. Se pierde capacidad de gestión, se deteriora la calidad del servicio y se instala la idea de que el Estado existe para sostener estructuras políticas, no para servir al ciudadano.
En Argentina, este modelo se tradujo en más gasto, más déficit y peores resultados. El ajuste actual, más allá de la discusión coyuntural, apunta a desarmar esa lógica.
UN DEBATE QUE VA MÁS ALLÁ DEL RECORTE
El eje de fondo no es cuántos cargos se eliminan, sino para qué debe existir el empleo público. Un Estado profesional, eficiente y limitado a funciones esenciales requiere menos militancia y más gestión.
La experiencia global es clara: menos política dentro del Estado y más Estado al servicio de la sociedad. El recorte de cargos abre esa discusión pendiente, que Argentina viene postergando desde hace décadas.
