EL CONGRESO SE TIÑE DE VIOLETA Y EL PERONISMO ENTRA EN ESTADO CATALEPTICO
El mapa parlamentario cambió más por conducción que por aritmética. La Libertad Avanza, el espacio del presidente Javier Milei, nunca tuvo el volumen legislativo que supo ostentar Mauricio Macri durante los primeros años de Cambiemos. Sin embargo, logró algo más complejo: instalar agenda, fracturar bloques opositores y forzar alineamientos parciales.
La clave no estuvo solo en la Casa Rosada, sino en la ingeniería política. El asesor presidencial Santiago Caputo diseñó una lógica de confrontación selectiva: polarizar con el kirchnerismo duro para ordenar el tablero y, al mismo tiempo, tender puentes con sectores dialoguistas. No se trató de buscar consensos amplios, sino de construir mayorías circunstanciales con objetivos concretos.
En esa arquitectura también jugaron piezas externas al bloque libertario. La ministra de Seguridad Patricia Bullrich aportó volumen político propio, experiencia parlamentaria y una narrativa de orden que interpeló a sectores del PRO y votantes independientes. El diputado Diego Santilli, con base territorial en la provincia de Buenos Aires, fue uno de los puentes con dirigentes que no quieren quedar atados a la inercia opositora.
La secretaria general de la Presidencia Karina Milei consolidó el armado interno y la disciplina partidaria, mientras que figuras históricas como Eduardo Menem y Martín Menem aportaron experiencia legislativa y conocimiento del reglamento, un terreno donde muchas batallas se ganan sin cámaras.
El resultado fue visible: proyectos trabados durante años avanzaron, decretos fueron defendidos con eficacia y el oficialismo logró exponer las contradicciones del peronismo. Cada votación ajustada dejó al descubierto una oposición dividida entre el ala kirchnerista —que apuesta a la confrontación permanente— y sectores más pragmáticos que no quieren quedar asociados al rechazo sistemático.
El peronismo, mientras tanto, atraviesa un momento delicado. Sin liderazgo claro tras la derrota electoral y con el desgaste acumulado de la gestión anterior, oscila entre la resistencia retórica y la falta de propuesta alternativa. La centralidad que supo tener como ordenador del sistema político hoy aparece diluida.
¿Está el peronismo a punto de desaparecer? La historia argentina demuestra que el movimiento ha sabido reinventarse. Pero enfrenta un desafío inédito: competir contra una fuerza que capitaliza el malestar con la “casta” sin haber pasado aún por el desgaste estructural que sufrió el kirchnerismo tras años de poder. La narrativa antiestablishment, combinada con disciplina estratégica, dejó al justicialismo en una posición defensiva.
La diferencia con la experiencia de Cambiemos es significativa. Aquel gobierno contó con mayor músculo parlamentario, pero muchas veces se vio condicionado por tensiones internas y negociaciones interminables. La Libertad Avanza, en cambio, opera con menor volumen pero mayor cohesión, y convirtió cada votación en una pulseada política que fortalece su identidad.
El Congreso teñido de violeta no es solo una imagen estética. Es la expresión de un nuevo equilibrio de poder: un oficialismo que gobierna sin mayoría propia pero con iniciativa política, y un peronismo que, por primera vez en mucho tiempo, no marca el pulso del sistema.
La pregunta no es si el peronismo desaparecerá, sino si logrará reconfigurarse antes de que la nueva mayoría cultural termine de consolidarse. En política, el vacío no existe. Y quien impone agenda, aunque no tenga todos los votos, suele tener la ventaja.
