EL MITO DEL PLAN ANDINIA: ORÍGENES OSCUROS, RELATOS RECICLADOS Y USO POLÍTICO ACTUAL.

ADOLF HEICHMAN

CUERPO DE LA NOTA

El denominado Plan Andinia no surge de ningún archivo estatal, acuerdo internacional ni estrategia geopolítica comprobable. Se trata, en rigor, de un mito político que comenzó a circular en ámbitos nacionalistas y antisemitas durante la segunda mitad del siglo XX, especialmente en Europa, y que luego fue importado y resignificado en la Argentina.

Uno de los núcleos originales del relato se vincula con la difusión realizada por hijos de un jerarca nazi Adolf Eichmann, quienes, tras la derrota del Tercer Reich, buscaron reciclar viejas narrativas conspirativas para explicar la reconfiguración del mundo de posguerra. En ese marco, la Patagonia apareció como un territorio “vacío”, “disponible” y supuestamente amenazado por intereses externos, una idea funcional a discursos de resentimiento, derrota y victimización.

Con el correr de las décadas, el mito se adaptó al escenario local. Ya no fue exclusivo de sectores marginales de ultranacionalismo, sino que comenzó a ser utilizado de manera oportunista por espacios políticos que se autodefinen como progresistas. En particular, ciertos sectores del kirchnerismo y de la izquierda lo incorporaron como herramienta retórica, despojada de su origen pero útil para instalar sospechas difusas sobre comunidades, inversores o conflictos territoriales en el sur del país.

Este uso no busca probar una hipótesis —porque no hay pruebas—, sino construir un clima: presentar disputas complejas como el resultado de una conspiración externa, desplazar el foco de los problemas estructurales del Estado y simplificar debates que requieren soluciones institucionales, legales y productivas.

El problema no es solo histórico o académico. La persistencia del Plan Andinia como relato tiene consecuencias políticas concretas: alimenta la desconfianza, justifica la inacción estatal y habilita discursos que reemplazan la gestión por la sospecha permanente. En lugar de discutir desarrollo, seguridad jurídica o presencia efectiva del Estado, se apela a un enemigo invisible que nunca se puede comprobar.

Así, un mito nacido en los márgenes ideológicos del siglo pasado sigue siendo funcional a una lógica conocida en la política argentina: cuando faltan resultados, sobra relato. Y cuando el Estado no ordena, otros ocupan el vacío con teorías que confunden más de lo que explican.