FATE: CONFLICTO PERMANENTE Y UN MODELO SINDICAL QUE TERMINÓ AHOGANDO A LA EMPRESA.

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La confirmación del cierre de la planta de Fate en San Fernando dejó sin empleo a cientos de trabajadores y abrió un debate que excede lo salarial. Según datos difundidos públicamente, un operario con más de 30 años de antigüedad percibía alrededor de 1,7 millones de pesos netos mensuales antes del anuncio. Se trataba de ingresos elevados dentro del sector industrial, aunque con reclamos por la falta de actualizaciones en el último año.

Sin embargo, el problema no puede analizarse únicamente desde el monto del salario. El sector del neumático atravesó en los últimos años una dinámica de conflictos reiterados, paros prolongados y negociaciones tensas que impactaron directamente en la producción y en la previsibilidad del negocio. En industrias de alta competencia internacional, donde los costos logísticos, impositivos y laborales ya son significativos, la pérdida de continuidad operativa puede resultar determinante.

El sindicalismo combativo que ganó protagonismo en la actividad adoptó una estrategia de presión constante, con medidas de fuerza extensas como herramienta central de negociación. Esa lógica, alineada con sectores de izquierda que promueven un modelo de confrontación estructural con el capital, tensionó al máximo la relación empresa–trabajadores.

En el corto plazo, esa estrategia puede obtener mejoras puntuales. Pero en el mediano y largo plazo, si no existe un equilibrio entre demanda salarial y productividad, el riesgo es evidente: la empresa pierde competitividad, cae la inversión y se reduce la capacidad de sostener empleo.

La industria del neumático compite con importaciones y con plantas en países donde los costos laborales son más previsibles. En ese contexto, cada día de paralización implica pérdida de mercado, incumplimientos contractuales y deterioro financiero. Cuando esa situación se vuelve recurrente, el negocio deja de ser sustentable.

El caso Fate también pone en discusión un fenómeno más amplio: el sindicalismo que privilegia la confrontación ideológica por sobre la negociación estratégica puede terminar afectando a los propios trabajadores que busca representar. No se trata de cuestionar la defensa de derechos, sino de evaluar si la dinámica adoptada fortalece o debilita la actividad productiva.

La experiencia reciente muestra que sin inversión, sin previsibilidad y sin reglas estables, la industria retrocede. Y cuando una fábrica cierra, el daño no es abstracto: se traduce en empleos perdidos, proveedores afectados y menor actividad regional.

El desafío hacia adelante será encontrar un esquema donde la defensa del salario no desconozca la realidad económica. Porque cuando la lógica política reemplaza al análisis productivo, el resultado puede ser el peor para todos: empresas inviables y trabajadores sin trabajo.