PUTIN Y LA LÓGICA DEL PODER: POR QUÉ RUSIA ABANDONA A SUS ALIADOS CUANDO DEJAN DE SERVIRLE.
La política exterior rusa ha demostrado una constante difícil de ignorar: los aliados son funcionales, no permanentes. Bajo el mando de Vladimir Putin, el Kremlin ha consolidado una estrategia basada en el cálculo frío del poder, donde los compromisos se sostienen solo mientras refuerzan la posición de Moscú en el tablero global.
Casos recientes y pasados muestran un patrón reiterado. Rusia ha respaldado gobiernos, regímenes y actores armados en momentos críticos, pero también ha sabido retirarse sin contemplaciones cuando esos vínculos dejaron de aportar ventajas estratégicas, militares o económicas. La afinidad ideológica nunca fue un límite real.
En Medio Oriente, el respaldo ruso a distintos actores estuvo siempre condicionado a la preservación de intereses propios, como bases militares, influencia regional o capacidad de negociación frente a Occidente. Cuando esos objetivos se ven amenazados o pierden valor, Moscú ajusta su posición, incluso a costa de dejar expuestos a quienes antes se presentaban como socios estratégicos.
Lo mismo ocurre en el espacio postsoviético. Rusia ha utilizado alianzas para mantener zonas de influencia, pero también ha permitido que algunos aliados enfrenten solos crisis políticas o conflictos armados cuando intervenir implicaba un riesgo mayor o un desgaste innecesario. La lógica es clara: evitar compromisos que puedan arrastrar al Kremlin a escenarios sin salida.
Este comportamiento no responde a improvisación, sino a una visión de largo plazo centrada en la preservación del poder interno. Con una economía tensionada, sanciones internacionales y un frente militar abierto, Putin prioriza reducir frentes de conflicto antes que sostener alianzas simbólicas que no aporten beneficios concretos.
La consecuencia es evidente: los aliados de Rusia saben que el respaldo tiene fecha de vencimiento. En el mundo real de la geopolítica, Moscú actúa como una potencia pragmática, dispuesta a negociar, ceder o retirarse si eso mejora su posición relativa. La lealtad, en este esquema, es un lujo que el Kremlin no está dispuesto a pagar.
En un escenario internacional cada vez más inestable, esta lógica refuerza una advertencia recurrente: depender de Rusia como garante de seguridad o estabilidad implica aceptar que, llegado el momento, la prioridad será siempre Moscú y no sus socios.
